Siento
el frío suelo bajo mis pies. Sentada en la cama, los miro
concentrada y pensativa, perdiéndome entre el mar de topos blancos
en el fondo negro de mis curiosos calcetines. Cojo las zapatillas
negras de deporte y me las pongo. Primero la izquierda, para después
seguir con la derecha. Hato los cordones desgastados de forma
deliberada para asegurarme de que el nudo no se acabará deshaciendo
a medio camino. Esta vez no habrá escusas para parar antes de llegar
a la meta. Cojo el mp3 y los auriculares, y salgo de casa. Cruzo la
calle hasta llegar al camino rural que llega hasta la playa, mi meta.
Quiero llegar hasta la playa, corriendo sin parar. Lo he intentado
varias veces, pero siempre he fracasado. ¿Por qué? Cuando me quedan
tan solo 500 metros, cuando ya hice tres cuartas partes del camino,
cuando estoy a punto de conseguirlo, mis pulmones empiezan a arder,
mi vista se nubla, mis piernas empiezan a temblar. Y es entonces
cuando paro. Yo sé que puedo perfectamente con esos 500 metros y con
mucho más, pero me rindo. Lo que falla no es mi físico, falla mi
mente. Me rindo, me menosprecio, me comparo con los demás viéndome
a mí misma como a una víctima. En esos últimos 500 metros, una voz
interior me dice entre susurros y crueles carcajadas “Pobrecita,
no lo intentes. No puedes más. No eres fuerte, eres débil. No vas a
conseguirlo, porque nunca consigues lo que te propones. Para. No
sigas, no hace falta. Ríndete. Siempre lo haces...”
Me
pongo los auriculares, y selecciono la canción “Wild heart” de
Daughtry en mi mp3. Quiero que esa sea la canción que me acompañe
durante todo el recorrido, así que lo configuro para que se repita
la canción al acabar.
Y
entonces empiezo... Un pié tras otro, siguiendo el ritmo de la
canción. Ajena al mundo que me rodea, me pierdo en mis pensamientos.
Uno, dos, uno, dos... Consigo hacer la mitad del trayecto, y me animo
a mí misma a seguir. Noto la caricia de una gota de sudor,
recorriendo mi columna. Mis pulmones empiezan a quemar y mis piernas
se resienten, pero sigo. Tan solo quedan 300 metros cuando esa
estúpida voz aparece, gritándome que me rinda. Levanto la vista, y
a lo lejos veo el mar. El mismo mar que me ha entendido cuando nadie
más lo hacía. El mismo que me ha consolado con su silencio. Ese
extenso manto azul oscuro con reflejos verdosos que me ha dado la
fuerza necesaria para seguir adelante. Mi amado ponto.
Uno,
dos, uno, dos... Sigo sin parar, con la vista clavada al frente. Tan
solo me quedan unos metros, para conseguirlo. Mi vista se nubla, mis
piernas fallan y hace rato que creo respirar puro fuego, sintiendo
como arrasa a su paso hasta llegar a mis pulmones. Pero sigo.
Simplemente, sigo.
Y
llego. Con mi mano derecha, golpeo la señal que indica que he
llegado a la playa, y grito. Un ostentoso “PUEDO” se escapa de mi
boca acompañado de una enorme sonrisa y de una gran satisfacción.
He podido. Lo he conseguido.
Me
quito los zapatos y voy descalza a encontrarme con el mar. Estoy
agotada y mareada, pero me siento radiante. Cuando mis pulsaciones
han vuelto a la normalidad y he dejado de respirar fuego para volver
al anodino oxígeno, me dejo caer sobre la caliente arena.
Una
vez más, me pierdo en mis pensamientos. Y es que lo de hoy ha sido
una importante lección. Me he demostrado a mí misma que puedo con
todo, y que los límites están donde cada uno los pone. Por eso me
prometo a mí misma asesinar a la cruel voz interior que me hace
sentir inferior a los demás. Por eso prometo hacer todo lo que me
apetezca, sin muros que lo impidan. Porque puedo conseguir cualquier
cosa que me proponga. Porque puedo sacar buena nota en ese examen que
me tiene atemorizada. Porque puedo decir lo que pienso y expresar mi
opinión, sin tener miedo de lo que los demás piensen, porque creo
en mí y eso me basta. Porque puedo sacar fuerzas de flaqueza. Porque
puedo comerme el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario