sábado, 26 de abril de 2014

Quiero, puedo...

Siento el frío suelo bajo mis pies. Sentada en la cama, los miro concentrada y pensativa, perdiéndome entre el mar de topos blancos en el fondo negro de mis curiosos calcetines. Cojo las zapatillas negras de deporte y me las pongo. Primero la izquierda, para después seguir con la derecha. Hato los cordones desgastados de forma deliberada para asegurarme de que el nudo no se acabará deshaciendo a medio camino. Esta vez no habrá escusas para parar antes de llegar a la meta. Cojo el mp3 y los auriculares, y salgo de casa. Cruzo la calle hasta llegar al camino rural que llega hasta la playa, mi meta. Quiero llegar hasta la playa, corriendo sin parar. Lo he intentado varias veces, pero siempre he fracasado. ¿Por qué? Cuando me quedan tan solo 500 metros, cuando ya hice tres cuartas partes del camino, cuando estoy a punto de conseguirlo, mis pulmones empiezan a arder, mi vista se nubla, mis piernas empiezan a temblar. Y es entonces cuando paro. Yo sé que puedo perfectamente con esos 500 metros y con mucho más, pero me rindo. Lo que falla no es mi físico, falla mi mente. Me rindo, me menosprecio, me comparo con los demás viéndome a mí misma como a una víctima. En esos últimos 500 metros, una voz interior me dice entre susurros y crueles carcajadas “Pobrecita, no lo intentes. No puedes más. No eres fuerte, eres débil. No vas a conseguirlo, porque nunca consigues lo que te propones. Para. No sigas, no hace falta. Ríndete. Siempre lo haces...”
Me pongo los auriculares, y selecciono la canción “Wild heart” de Daughtry en mi mp3. Quiero que esa sea la canción que me acompañe durante todo el recorrido, así que lo configuro para que se repita la canción al acabar.
Y entonces empiezo... Un pié tras otro, siguiendo el ritmo de la canción. Ajena al mundo que me rodea, me pierdo en mis pensamientos. Uno, dos, uno, dos... Consigo hacer la mitad del trayecto, y me animo a mí misma a seguir. Noto la caricia de una gota de sudor, recorriendo mi columna. Mis pulmones empiezan a quemar y mis piernas se resienten, pero sigo. Tan solo quedan 300 metros cuando esa estúpida voz aparece, gritándome que me rinda. Levanto la vista, y a lo lejos veo el mar. El mismo mar que me ha entendido cuando nadie más lo hacía. El mismo que me ha consolado con su silencio. Ese extenso manto azul oscuro con reflejos verdosos que me ha dado la fuerza necesaria para seguir adelante. Mi amado ponto.
Uno, dos, uno, dos... Sigo sin parar, con la vista clavada al frente. Tan solo me quedan unos metros, para conseguirlo. Mi vista se nubla, mis piernas fallan y hace rato que creo respirar puro fuego, sintiendo como arrasa a su paso hasta llegar a mis pulmones. Pero sigo. Simplemente, sigo.
Y llego. Con mi mano derecha, golpeo la señal que indica que he llegado a la playa, y grito. Un ostentoso “PUEDO” se escapa de mi boca acompañado de una enorme sonrisa y de una gran satisfacción. He podido. Lo he conseguido.
Me quito los zapatos y voy descalza a encontrarme con el mar. Estoy agotada y mareada, pero me siento radiante. Cuando mis pulsaciones han vuelto a la normalidad y he dejado de respirar fuego para volver al anodino oxígeno, me dejo caer sobre la caliente arena.
Una vez más, me pierdo en mis pensamientos. Y es que lo de hoy ha sido una importante lección. Me he demostrado a mí misma que puedo con todo, y que los límites están donde cada uno los pone. Por eso me prometo a mí misma asesinar a la cruel voz interior que me hace sentir inferior a los demás. Por eso prometo hacer todo lo que me apetezca, sin muros que lo impidan. Porque puedo conseguir cualquier cosa que me proponga. Porque puedo sacar buena nota en ese examen que me tiene atemorizada. Porque puedo decir lo que pienso y expresar mi opinión, sin tener miedo de lo que los demás piensen, porque creo en mí y eso me basta. Porque puedo sacar fuerzas de flaqueza. Porque puedo comerme el mundo. 

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